_III Gran Café Tortoni Av. de Mayo 825 Buenos Aires I Argentina I Tel 54-11- 43424328 III

Café Tortoni
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cultura | La historia de un lugar mitico
Eticas y estéticas porteñas: el Café Tortoni. 150 años entre la cultura y la belleza

Ezequiel Vazquez
Fuente: diariohoy.ne

Es el bar más antiguo de Buenos Aires. Por sus mesas pasaron personajes ilustres como Jorge Luis Borges, Carlos Gardel, Federico García Lorca y Benito Quinquela Martín, entre tantos otros. Trascendió las fronteras del lugar de reunión y ya es un sitio insoslayable de la Capital Federal
 
 
El lugar está tan limpio que pareciera que las suelas de los zapatos fuesen de algodón. El sonido de las tazas del fondo alcanza la puerta de entrada con el último suspiro, casi de incógnito, y se confunde con el ruido ensordecedor de la calle que apenas se hace un hueco para ingresar. Un intersticio entre la vida real y la otra, literaria, de ensueño, que habita inmaculada desde hace 150 años dentro de Avenida de Mayo 825. La amabilidad de los encargados es absoluta.
-¿De qué diario me dijo?- se interesa el mozo.
-Hoy, de La Plata.
-Sí, sí, lo hemos leído- asiente, e invita a una mesa.
La situación parece irreal. Los clientes ingresan ya con la conversación empezada, casi esperando que el mítico Café Tortoni añada al diálogo ese aura especial. Algunos entran y, ante la infraestructura, ponen cara de estar viendo los Jardines Colgantes de Babilonia.
Las nuevas leyes porteñas impiden las habituales volutas de humo que hacían de la atmósfera interna apenas una bruma detenida en el tiempo. El ingrediente necesario e inevitable que suma a cualquier charla el aire del bar más antiguo y más lindo de Buenos Aires.
El comienzo
La mañana resulta pesada y afuera la gente colma las veredas. Los árboles que cubren la calle ocultan un sol obsceno, que apenas pasa por una rendija de cielo para iluminar la puerta de entrada. Adentro, el Café Tortoni. Caras de todo tipo: de rutina, de cansancio, de amistad, de ocasión, acompañan las 100 mesas de roble y mármol verde. Las fotos que adornan las paredes enmaderadas van desde Carlos Gardel con amigos hasta un sonriente Jorge Luis Borges.
Las 400 sillas son las originales. Existen esquinas bautizadas con nombres de aquellos que pisaron el lugar. Se los conoce como “Los rincones del Tortoni” (ver “Los artistas...”).
Los mozos parecen estar allí desde siempre. Uno es tan flaco que, de haber tenido ruedas, nadie hubiese dudado que era una bicicleta de carrera. Otro, más robusto, observa con una sonrisa cómplice, esa de quien se sabe ganador frente a las barajas perdedoras. Todos se pasean con sus bandejas como malabaristas, confiados en sus muñecas. Son mozos por oficio y profesión. Tanto el flaco como el más gordo derrochan una experiencia de más de 40 años. Siempre con los cinco sentidos puestos en su tarea.
-¿Usted es el del diario, no?- pregunta uno, de soslayo, mientras sirve dos cortados con medialunas.
-Sí.
Pareciera que allí dentro se sabe (o al menos se quiere saber) todo. En esa extraña combinación de sentir la soledad (la de la reflexión, del pensamiento, de la jactancia de los intelectuales) en medio de la multitud.
Entre los clientes se confunden los idiomas y nadie parece asombrarse. El Café Tortoni, fundado en una fecha imprecisa de 1858, quizá aún conserve algo de aquello que habrá soñado un inmigrante francés de apellido Touan cuando se decidió a inaugurarlo. Aún se cree que el nombre lo tomó prestado del de un establecimiento del Boulevard des Italiens, en el que se reunía la elite de la cultura parisina del siglo XIX.
No dejan de ser todas incógnitas, voces de un pasado cuya veracidad permanece cuanto menos en penumbras. Sombras de sombras apenas esbozadas por rumores nunca confirmados. Hipótesis tan enmarañadas de dudas como una grandeza -la del Tortoni- que enorgullece, al menos por una vez, el más auténtico y puro chauvinismo argentino.